Entrevista a David Bueno, profesor e investigador de genética de la Universidad de Barcelona y autor de
“Neurociencia para educadores”

Los estudios científicos del cerebro que realiza David Bueno, profesor e investigador de genética de la Universidad de Barcelona, ofrecen claves básicas para optimizar las estrategias educativas. Su libro “Neurociencia para educadores”, que va por su tercera edición y suma alrededor de 2.500 ejemplares vendidos, es una herramienta imprescindible para cualquier profesor que desee conectar a fondo con el cerebro de sus alumnos. De hecho, trasciende el ámbito académico, puesto que resulta interesante para padres, abuelos, hermanos… cualquiera que tenga el sano propósito de ser mejor educador.


Qué proceso personal te llevó a embarcarte en un libro como “Neurociencia para educadores”?

Lo hice por diversos motivos. Primero, porque creo que la divulgación científica es crucial en nuestro entorno, para contribuir al crecimiento cultural de la sociedad. Segundo, porque en cierto modo es mi tema de trabajo. Y tercero, porque estas dos últimas décadas los avances en neurociencia nos han empezado a proporcionar ideas muy interesantes no solo de cómo aprende el cerebro, sino también de lo que busca el cerebro cuando quiere aprender algo, y por qué quiere hacerlo. Estas tienen consecuencias claras en la práctica educativa, y pueden ayudar a perfeccionar todavía más las estrategias educativas y pedagógicas.

La gracia de este libro es que se dirige a educadores, y en cierto sentido, todos somos educadores, ¿no?

Cierto, educadores lo somos todos. Los que nos dedicamos a la educación en cualquiera de sus niveles, pero también los padres y toda la sociedad en general. La educación es, sin duda, un proceso global y transversal.

Ya que estamos en un apartado concebido específicamente para profesores ¿por qué les recomendarías la lectura de este libro?

Es una manera sencilla pero rigurosa de adentrase en el cerebro de sus alumnos, y también en el suyo propio. Y el cerebro es el órgano esencial de la educación.

En el libro estudias el cerebro humano para encontrar fórmulas pedagógicas más eficaces, ¿puedes resumir, a grandes rasgos, qué está haciendo mal el sistema educativo y cómo puede corregirlo?

No hace cosas mal, simplemente hay que potenciar ciertos aspectos, como utilizar emociones positivas como la alegría y la sorpresa en todos los aprendizajes, potenciar los aprendizajes cooperativos y colaborativos, flexibilizar los ritmos de aprendizaje, y no descartar jamás la educación artística y musical, que debe ser transversal, especialmente en primaria.

Una de las cosas que aprendemos con su lectura es que el cerebro va evolucionando por etapas, ¿puedes explicárnoslo brevemente?

Una de las características principales de nuestro cerebro es su gran plasticidad, que consiste en la capacidad de hacer conexiones nuevas durante toda nuestra vida. Esta capacidad nos permite ir aprendiendo y perfeccionando nuestros conocimientos, pues estos se sustentan precisamente en patrones concretos de conexiones en nuestro cerebro. Sin embargo, existen diversas etapas en las que el cerebro prioriza un determinado tipo de conexiones, siempre bajo la influencia ambiental, ya sea educativa, social, familiar, etc… La primera de estas etapas va de los 0 a los 3 años, y permite al cerebro integrar en su estructura física el ambiente social en el que se vive, para adaptar a él el comportamiento que se manifestará durante toda la vida. Es la etapa más importante para definir la persona en que alguien se va a convertir. Las otras dos etapas, de los 4 a los 11 años, y durante la adolescencia, permiten al cerebro integrar conocimientos, aptitudes y actitudes de forma consciente, a medida que van madurando sus conexiones. Este conocimiento debe permitir afinar todavía más las estrategias educativas, puesto que en cada etapa el cerebro busca inconscientemente aprender cosas diferentes.

¿De qué modo intervienen las emociones en el proceso de aprendizaje?

Las emociones son cruciales para la supervivencia de los individuos, puesto que nos proporcionan respuestas rápidas ante cualquier situación. Por lo tanto, cualquier aprendizaje que lleve asociadas emociones, el cerebro lo percibe como crucial para su supervivencia y no solo lo integra mejor, sino que favorece que se pueda usar en el futuro de forma más eficiente.

Hay una relación inversa entre el aprendizaje y el miedo, ¿no es así?

No exactamente. El miedo es una emoción muy poderosa, y como tal, a través del miedo se pueden aprender muchas cosas. Sin embargo, aprender con miedo implica que el cerebro asocia el proceso de aprendizaje con esta emoción, y puesto que es desagradable impide que esa persona quiera continuar aprendiendo cosas por ella misma. En este sentido, aprender con miedo tiene una relación inversa con el hecho de “aprender a aprender”, y de hacerlo por propia motivación.